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Llamadas al vacío

Guadalupe Fernández | Desde Neila

Pinares Noticias | 26 de agosto de 2019

Escribo mis palabras rodeadas de la nostalgia de un pasado que alimentan mis años vividos en el pueblo. 
Son los veranos un alivio momentáneo a este desamparo y abandono de la existencia rural. En éstos espacios veraniegos vuelan al viento nuestros deseos de supervivencia de todos nuestros pueblos que ya no son lo que eran. No somos responsables de este desamparo de la vida rural. Pero a veces, como colofón, los mismos vecinos aportamos nuestro granito de arena para la deserción de aquellos que desean residir en los pueblos, ya sea a ratos, o a temporadas. Y es que a todos nos nace ese sentido de la propiedad como resultado de un sentimiento de privilegio ante el futuro. Son los “por si acasos” del pasado convertidos ahora en terrenos baldíos y casas sin vivir o en ruinas. Llevamos en los genes el lenguaje de la posesión de propiedades: mi casa, mis tierras, mi pajar, mi huerta… Todo ello como un añadido en nuestra mochila del vivir sin obtener otro resultado que la paulatina degradación de la tierra que nos vio nacer. De ese sentimiento de posesión nace, a veces la afrenta contra aquel nostálgico o emprendedor que desea levantar las ruinas de una casa para volver al pueblo, o aquel que desea restaurar la fertilidad de unas huertas o iniciar la cría de unos animales cualesquiera… Es necesaria mucha fuerza de voluntad para enfrentarse a situaciones conflictivas cuando el sujeto en cuestión no busca un futuro prometedor sino la estancia, aunque sea ocasional, en la tierra de los antepasados, o buscar una forma de vivir sin prebendas ni alharacas. Aceptada esta culpabilidad ocasionada por los perseguidores de las posesiones colindantes u otras prerrogativas, quiero abundar en las trabas de una burocracia estatal inoperante para los pueblos. Existen demasiados ejemplos que llevan hasta la comicidad sino fueran deplorables. Alguien compra un pajar para hacer su casa. Es imprescindible hacer una ventana. Tras un largo lapso de tiempo tras múltiples papeleos en las diferentes administraciones, llega la correspondiente sentencia: No se puede modificar la fachada del edificio casi destartalado. No lejos, y por diversos emplazamientos, existen casas ruinosas. Los altos administradores y cargos del estado reirán el chiste, pero es la ley y hay que cumplirla, nos dirán. La primera ley es creer en el ser humano. No somos un nombre escrito en un papel, Ni una foto. Ni un número de identidad. Por encima de las leyes estamos las personas a quienes pretenden ayudar. Y en esa amplitud de miras, debe estar la legalidad. Tenemos sentimientos. No somos rebaños. 
Puede ver este artículo en la siguitente dirección http://www.pinaresnoticias.com/opinion/guadalupe-fernandez/llamadas-al-vacio/20190826195906019851.html

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