10:20 h. Martes, 26 de Septiembre de 2017

Pinares Noticias

Ella me sonríe y yo le sonrío, un café por favor

| 06 de Septiembre de 2017

Germán Martínez Rica

La primera gota de sudor me acaricia la nariz y me hace estornudar. El rey Sol se impone orgulloso en el cielo.

 

Me saluda y me enseña lo bonita que es Lisboa bañada por la luz y el Color. La brisa del Atlántico hoy tiene vacaciones y la Calima lo derrite todo, en una ciudad enigmática pero todavía dormida. Camino, con una mochila llena de sueños e ilusiones. Siempre fue así, porque jamás deje de soñar con convertir mi camino en letras maravillosas que deslumbraran almas y convencieran a los que se rinden. Porque la vida no puede ser otra cosa, que luchar de forma incansable por alcanzar los sueños. Porque son los sueños la puerta de la felicidad y es eso lo único a lo que estamos obligados, a ser felices. Por eso camino, siempre buscando nuevas veredas y tropezando, y volviendo a tropezar. Camino sangre y sudor, camino dolor y camino en soledad. Porque la soledad es la única amiga verdadera porque aunque se lo pidas, nunca te abandona. Es como esa sombra impenitente, que siempre está ahí aun cuando no la hayas invitado. Te susurra al oído y te consuela, cuando nada ni nadie se presta a hacerlo. Camino, dirigiendo mis pasos a los árboles que jalonan la deslumbrante calle Roma en Lisboa. Uno de esos barrios añejos, con sabor a tierra y tradición. Un barrio de tiendas pequeñas y familiares, que luchan contra el tiempo y el capital y van cediendo su último aliento en una batalla que no pueden ganar. Camino, en soledad, acompañado por el recuerdo de mis padres, de mi pueblo, de los amigos que quedaron atrás y de aquellos que ya no están sino en el recuerdo del tiempo, siempre presente e inmortal. Y allí, orgulloso, se yergue el Hotel Roma, un gigante desafiante. Y yo, un quijote pequeño, pero lo suficientemente loco como para desafiarlo. Una hoja adelantada al otoño baila y se posa ante mí. Estoy exhausto. El botones, un jovenzuelo pequeño pero muy agradable me invita a pasar. Allí, familias, jóvenes y gente de mayor edad disfrutan del lunch componiendo un cuadro maravillosamente realizado. Uno de esos cuadros que le dan elegancia al enigmático Hotel Roma. Y de allí a la cafetería. Y detengo mis pasos, mis pensamientos, mis recuerdos, mis ilusiones, mis frustraciones mis temores y mis sueños. Y dejo de pensar. Ella me sonríe. Y yo lo sonrío. Un café por favor.

 

 

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