01:10 h. Martes, 17 de septiembre de 2019

Mi primer chupinazo, por Germán Martínez Rica

| 26 de agosto de 2019

Germán Martínez Rica
Yo era un niño soñador que usaba siempre gafas de diferentes colores.
Eran las diez de la mañana de un 14 de agosto de 1985. Tenía siete años. Habían llegado por fin las fiestas patronales de Salas de los Infantes, mi pueblo. La música charanguera, los bailes en corrillo, los besos acaramelados, los abrazos tiernos y la ilusión envolvían las calles, las terrazas, las plazas y los bares. Las peñas, con sus niños y sus mayores, con sus colores, sus blusas, sus pañuelos y el zurracapote comenzaban a llenar la histórica Plaza Mayor del Templete. Y allí, en la terraza del Ayuntamiento engalanada con la bandera de Salas, el cohete esperaba sólo en su destierro a que llegara su momento. Su vida sería corta. Nacería, viviría y moriría en un suspiro de tiempo. Y yo, en nuestra casa de costana, preparaba mi plan como si fuera un ladrón a punto de atracar un banco. Sabía que era muy pequeño. Eso me decían mis padres cuando querían asustarme. Y si, yo era muy pequeño, pero no era tonto. Intuía que aquel era un día grande. Y quería vivir aquella aventura por primera vez. Como un explorador conquistando una selva virgen y salvaje. Y es que allí, en el Barrio de Costana, yo era el rey. El rey de un reino con barrotes y candados. Un rey sin corona. Un gorrión desnudo ante el invierno. Por eso aquella mañana desayuné en silencio, como un ratón en su escondrijo. A hurtadillas alcancé la calle dirigiéndome al puente de Costana. Aquella era mi frontera prohibida. Decidí cruzarlo solo por primera vez. Y después, todo se precipitó. Una marea imparable de gente sudorosa y embriagada me llevó hasta la histórica Plaza Mayor del Templete y sus plataneros. Jamás había sido el héroe protagonista de una aventura similar. Ni siquiera en la mejor de las películas de dos rombos. Por eso allí entendí que era el centro del universo aquel día. Instintivamente comencé a brincar buscando con la mirada el cohete anunciador de las fiestas. Era un proscrito que había dejado atrás sus cadenas. El Lee Van Cleef del Bueno, el Feo y el Malo. Me sentía pleno, libre y feliz. Y allí, en el Ayuntamiento, entre autoridades, invitados y la prensa expectante estaba él. Jesús García “El Chupi” era quién tendría el honor de encender la mecha de la fiesta, del amor y del desenfreno. Era casi un Dios. Acercó una llama al cohete y todo sucedió en tan sólo cinco segundos. Cinco maravillosos e interminables segundos en los que el cohete ascendió saludando a los allí presentes hasta acercarse al cielo más claro de Castilla. Y fue en aquel instante cuando el psiquiátrico de la ciudad milenaria pudo abrir sus puertas. Y los locos bailaron, se abrazaron, gritaron y se besaron hasta alcanzar la plenitud. Y yo, acongojado, traté de hacer lo mismo. Y allí entre la euforia y el miedo, una mano grande agarró con fuerza la mía. Me miró y le miré. Mi padre estaba allí. Había seguido mi estela de excitación, sudor y miedo. Me elevó sobre sus hombros para acercarme un poco más al cielo y me dijo: grita fuerte conmigo Germán. ¡Grita! ¡Vivan las fiestas de Salas de los Infantes¡ Y yo grité:.. 
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